LA CAJA DE MIS RECUERDOS

TOTÍ

Él está siempre en mi mente y en mi corazón. Por eso uno de estos días, cuando abrí  la caja de mis recuerdos, esa caja donde he guardado por años aquellos pequeños objetos que para mí son importantes, todos sus recuerdos se volcaron a mi mente como una cascada.

Abrí la caja y tomé de allí una fotografía de cuando yo estaba pequeña.  Allí estaba él, mirándome con su sonrisa y toda su ternura mientras yo lloraba por cualquier cosa, como todos los niños.  Traté de recordar entonces cuántas veces consoló mi llanto con sus palabras y sus abrazos.

Vino a mi mente una vez, que me encontró llorando en mi cuarto porque iba a casarme pronto, pero ello implicaba muchos cambios en mi vida, estaba muy confundida, pero sobre todo estaba triste porque tenía que irme de la casa  El me abrazó y me dijo: “Recuerda que mientras yo viva no tienes razones para llorar. Yo puedo resolver todos tus problemas.  ¿Qué sucede ahora?”  Le conté todas mis dudas y él me dijo las cosas que necesitaba oír para tranquilizarme: me dijo que en la vida había que tomar riesgos y que además estaba seguro de que el hombre que yo había escogido era una persona muy inteligente y de grandes valores. Conversamos mucho y me dio la seguridad que necesitaba en un momento tan especial para  alguien joven e inexperta como era yo entonces.

Ese fue mi padre: el hombre que hizo de mí lo que soy, el responsable de que yo haya sido una persona feliz, y el autor y compañía de los momentos más importantes de mi vida.  El me enseñó a  amar el campo,  lo sencillo, lo natural y la vida en general;  me llevó con él  de la mano a conoce el mundo de la finca, de las corridas de toros y de los circos, que le encantaban; además me enseñó con su ejemplo que la vida era bella y que valía la pena vivirla.

Totí era un hombre sencillo, optimista, constante en sus afectos, con una generosidad y una ternura tan  grandes que es imposible expresarlas con simples letras.  Siempre tuvo una escala en sus afectos, donde los primeros lugares los tenían  su familia y su finca.

Jamás podré olvidar el olor de la casa cuando él estaba fumando su pipa.  Es una sensación que quedó, creo que para siempre, grabada en mis sentidos.  Además uno podía seguir su rastro por ese olor delicioso, una mezcla de tabaco fino,  y vainilla. En este momento, y a pesar de los años, casi puedo sentirlo.

Otra foto amarillenta dentro de la caja lo mostraba junto a mi mamá, en uno de los corrales de la finca con el ganado.  Mi padre fue un ganadero que amaba la tierra, su finca, el campo.

Sus días más felices eran en agosto, durante el verano, cuando  todos nosotros, algunas veces con amigos y muchas con los primos, pasábamos con él las vacaciones en la finca “Belén” en el Patía. Recuerdo cuánto disfrutaba enseñándonos cosas con las que en la ciudad no teníamos contacto.  Yo pasé desde niña mucho tiempo con él, y así, me

enseñó a montar a caballo cuando tenía unos cuatro años; aprendí los pasos a seguir para convertir un rastrojo en un hermoso potrero para llenarlo de ganado, a ordeñar una vaca, a conocer cuándo una res estaba en su punto para ser vendida, a nadar  en el río y mil cosas más.

Los días en la finca son hoy, recuerdos  nostálgicos  e inolvidables.  Si cierro los ojos aún puedo percibir el aire cálido con su peculiar olor a piñuelas, escuchar el sonido adormecedor de los aviones que cruzaban el cielo del valle en el letargo del calor del medio día, o la fresca sensación del agua del río Patía donde íbamos a bañarnos cada tarde.

En las noches acostumbrábamos sentarnos en las hamacas o  tumbarnos en el suelo bajo un cielo siempre estrellado, para conversar, para contar historias o simplemente para pensar acerca de lo bella que era la vida y cuán felices nos sentíamos de estar allí, todos juntos. También jugábamos al dominó que a él le encantaba y  en el que además siempre nos ganaba.

Continué mirando dentro de la caja de mis recuerdos y entonces, entre papelitos con mensajes de amor, viejas y olvidadas cartas y recuerdos de poemas románticos, encontré otra fotografía, mas reciente que las anteriores.  Allí estaba él de nuevo en la casa de La Loma en Popayán, durante la última Navidad que pasó con nosotros.  Aparecía con su dulce sonrisa, rodeado de los nietos, frente al árbol de Navidad.  Era del 24 de diciembre y estaban rezando la novena navideña con los niños y cantando su “Noche de Paz”.

La vida nos trajo tiempos tristes cuando él estuvo muy enfermo, pero la trombosis no pudo borrar de su rostro esa luz, esa ternura y esa sonrisa dulce que regalaba a borbotones a quienes amaba.  Mi padre siempre deseó que sus hijos le diéramos muchos nietos. Uno de sus sueños fue ver chicos traviesos  y dulces niñas corriendo y jugando ruidosamente por los corredores de su casa y presidir una enorme mesa llena de ellos en cada comida mientras gozaba celebrando sus travesuras.  Esto fue relativamente posible pues alcanzó a conocer a cinco de los nietos.  Nosotros con los hijos, y sus amigos, tratamos de pasar más tiempo a su lado y realmente lo disfrutábamos porque a su alrededor él construyó un mundo con anchos espacios, llenos de afectos cálidos y profundos, donde su sencilla personalidad fue la puerta abierta  para entrar en su hogar.

Pero el paso inexorable del reloj de la vida nos lo robó una noche y desde entonces un pedacito de mi corazón se quedó solo.

Cerré la tapa de mi cajita de recuerdos,  segura de que fui  muy afortunada por haber recibido de la vida el regalo de ser su hija, de gozar de su compañía y crecer bajo su sombra. Porque él fue como esos árboles corpulentos de frescas hojas verdes, bajo cuya sombra uno puede sentarse a descansar,  a soñar o simplemente a mirar pasar la vida con la completa seguridad de que sus ramas estarán allí para protegernos, sin el temor de que nos abandonen nunca.

SU PRESENCIA EN MI CASA

BELEN – Diciembre de  2.001

Modificado en Diciembre de 2.010

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